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En busca del tiempo perdido

… y yo me decía que ya tendría tiempo de hacer ánimo…

Marcel Proust

El año más extraño de lo que va del siglo comienza su etapa final, sin que haya transcurrido del todo. Un año breve, casi entre paréntesis, que no deja de causar sorpresas. Si la declinación económica es global, en el caso argentino es particularmente despiadada, a los problemas generados por la pandemia se suman causas endógenas que delinean un laberinto de tan difícil resolución que ni el FMI se atreve a plantear sus clásicos programas de estabilización macroeconómica, prefiriendo en cambio dejar que el tiempo pase, para que la responsabilidad de las consecuencias recaiga lejos de sus escritorios.

Timeless. El gran filósofo Henry Bergson se atrevió a desafiar el orden temporal tradicional. Para el autor francés la concepción habitual del tiempo, siguiendo relojes y calendarios, no es sino una forma de intelectualizar el transcurrir, mientras que otra forma de pensarlo es por el tiempo sentido. Es decir, sería posible plantear la construcción del tiempo de una forma subjetiva. Dentro de esta percepción el tiempo social está lejos de ser uniforme, tiene freno y aceleraciones. Además, estaría atravesado por distintos planos, para algunos el mismo instante puede significar momentos de avances veloces, y para otros, de estancamientos profundos.

Esta versión bergsoniana del tiempo encaja casi a la perfección el devenir argentino. Así como no existe “derrame”, pensado en una distribución gravitatoria de los ingresos, tampoco existen reconstrucciones igualitarias. Para ponerlo en términos más crudos, si se calcula que el PBI argentino caerá un 12% para este año, difícilmente se pueda pensar que esta caída sea uniforme, así como tampoco la recuperación esperada por menos de la mitad de la caída.  

Sin embargo, las respuestas para afrontar la situación actual no parecen ser las adecuadas, a punto tal que algunos se preguntan si hay respuestas posibles, más que tomar sus maletas e irse. Por lo pronto hay que descartar caminos erróneos. Muy probablemente en la cartografía de los años 2002 y 2003 ya no estén las claves para descubrir soluciones a la trama actual. ¿Cuál es el camino que hay que transitar para llegar a la meta deseada? No se sabe. Por lo pronto sería de sentido común trazar algunos objetivos e intentar encontrar acuerdos y herramientas para llegar. Un objetivo no tan difícil de expresar sería la recuperación de la porción del PBI deshojado en 2020. No obstante, no está en el ADN del sistema político argentino llegar a estos tipos de acuerdo.

La política significa la generación de un horizonte de experiencia de posibilidad compartida socialmente, un lugar donde las temporalidades de los diferentes actores y sectores sociales pasen a funcionar en forma medianamente sincronizada y donde los ciclos del capitalismo (telón de fondo) se acompasen a necesidades del bienestar general. Lejos de esto la Argentina se ha transformado en la sociedad del malestar general. Un país donde casi nadie está contento y todos están listos para enrostrarles a los demás la culpa del fracaso argentino.

A desestancar. La pregunta repetida una y mil veces es cómo salir del estancamiento secular en que se encuentra hundido el país desde hace una década y que se ha profundizado en el transcurrir de 2020. El primer punto es que no pareciera existir mucho interés entre los políticos de los partidos principales en recorrer otro camino que los ya conocidos. Sin embargo, parece que las alarmas se multiplican en estos días donde el valor del dólar marginal, blue, ilegal, paralelo o como se quiera llamar a esta entidad múltiplemente adjetivada es el principal indicador de que las cosas no están bien. Tanto el ministro Guzmán como el presidente han repetido insistentemente que no devaluarán, aunque todos los analistas opinan lo contrario, y hasta se hagan apuestas sobre cuándo será el día. El problema (y en lo cual Alberto Fernández tiene razón) es para qué devaluar. ¿Alguien puede asegurar que si el dólar “oficial” pasara de 83 a, digamos, 150 pesos, el blue no se iría a los 300? En esta rueda loca, la ventaja discursiva quedaría en manos de los defensores de eliminar radicalmente el déficit fiscal y de quienes creen que o bien hay que desdoblar el tipo de cambio o establecer un bimonetarismo, dándole un carácter legal a una situación de hecho. Sin embargo, cuando se profundiza un poco se observa que por ejemplo las ayudas dispuestas por el Estado durante la pandemia han venido para quedarse. Ante el amague de retirar el programa ATP muchas empresas señalaron de inmediato que no solo no estarían en condiciones de pagar los sueldos, sino tampoco de continuar con sus actividades. Todo un lío.

Back to the future. Volviendo al pasado próximo, es pertinente la pregunta si en la mesa de consenso sanitario que se realizó algunos meses atrás entre Alberto Fernández, Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta podría haberse generado otro tipo de consenso con el objetivo de frenar la inflación, calmar el tipo de cambio y generar inversiones nativas y extranjeras. Evidentemente no se hizo y no contamos con el DeLorean del profesor Emmett Brown para cambiar el pasado, pero se pueden trazar algunas hipótesis sobre qué hubiera pasado frente a una situación inédita como esa.

Probablemente se hubieran producido rupturas en el corazón de ambas coaliciones, tanto la gobernante como la principal oposición, y es difícil evaluar cómo el sistema político argentino hubiera metabolizado esos rompimientos y hasta dónde habrían llegado, en un clima social de muy probable gran apoyo para calmar las aguas económicas y la generación de una nueva esperanza. ¿Es pensable que Cristina Kirchner y Mauricio Macri le hubieran dado la espalda a un acuerdo que significara un poco de paz? Es poco probable, salvo que se les adjudiquen a ambos ex presidentes una mala intencionalidad manifiesta. Por lo tanto, las rupturas y rechazos se hubieran limitado a las expresiones más radicalizadas del Frente de Todos y Juntos por el Cambio. Este relato ficcional aquí compuesto ni siquiera es el abrazo Perón-Balbín, no hay guerrillas y grupos parapoliciales presionando en las calles, pero sí hay cerca del 50% de la población en situación de pobreza, que no existía ni por asomo en los 70.

Se trata de subsanar décadas de frustraciones políticas, sociales y económicas, y en tres largos años se volverá a elegir presidente, y cada cual podrá volver a plantear su proyecto societal y donde la ciudadanía decidirá a su tiempo en las urnas.

*Sociólogo (@cfdeangelis)

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